Franz Kafka, apodado el calumniado José K., la noche del 12 Julio de 1914, en el tribunal de Askanischer Hof, fue acusado de fratricidio y condenado sin examen ni abogado alguno –cuestión de las leyes- a duros trabajos diarios en la Colonia Penitenciaria de Tirol de los Cárpatos y por muchas razones mencionada en la comunidad vecina de Erzgerbirge como el pueblo de los ratones.
El calumniado José K. – José era un término con el que tradicionalmente se definía en A. Hof la torpeza de ciertas conductas – era un hombre particular a los ojos del común, digamos que inadecuado a nuestra realidad, que se priva de muchas cosas, hasta de una conversación elemental, tratando de no atraer la atención de nadie y lo menos con palabras. Tenía la costumbre de mantener los labios apretados como si su silencio fuera una cierta destreza para no comprometerse demasiado con las verdades de la gente común. A José le molestaba lo común. Era, eso sí, muy observador de tal forma que su desmedida reserva parecía más bien una manera de soportar la carga de llevar en su conciencia un gran secreto: algo así como una minuciosa investigación que le demostraría al mundo alguna fatalidad que lo llevaría al límite. Podría ser José alguna de esas personas que sabe algo que no han visto los demás.
Podría pensarse naturalmente que su silencio era un artificio para asegurar sutilmente un aire seductor a su figura, pero no, no era cierto, su constante vacilación y lo molesto de algunos de sus gestos despertaban antes bien, la idea de un hombre de un cierto abandono sino grandes dificultades y con deseos abstractos o convertidos en esfuerzos inútiles una y otra vez. Además, se decía, su condición de solterón, lo hacía un desdichado por supuesto para el común de las gentes, quienes veían pasar su larga figura por las largas aceras de su pequeña ciudad.
Una sola palabra, sencilla y bien dirigida le hubiera bastado para evitar su condena. (En estos casos de Fratricidio es imprescindible un culpable y encontrar un sustituto, dada la inmensa cantidad de hermano K. no era dificultad alguna para a justicia). Pero las palabras no le concernían; en cambio, mientras el juicio avanzaba, se echó a reflexionar sobre el estado de su cuerpo, sobre el doloroso rechazo a sus instintos más comunes y deducía que si la condena introducía una metamorfosis radical en sus diferentes hábitos, entonces podría hacer de ella, la construcción de un objetivo digno y quizás definitivo con su vida.
Sin duda K. apoyaba su existencia en las leyes. En otras épocas la había sustentado en fantasías infantiles, en el deseo de ser piel roja, la contemplación de un sueño cualquiera o incluso en la inútil tarea de leer viejos manuscritos. Pero esta vez se advertía un carácter finalista en su objetivo y esta carácter finalista no llevaba en si una renuncia al mundo? Ese silencio calumniado y humillado también no se estaba aprovechando discretamente de las leyes para reposar en los brazos del cielo o del infierno?, proyectarse en un sepulcro o como, él o podría pensar filosóficamente, llegar a ser en el perecer? Tal vez K. deseaba su destrucción y la resignación al encierro, dada la precariedad de sus fuerzas, garantizaría ese propósito.
Pero no, no era así, la pretensión de Franz K. no era radical en esencia. Para él todo era cuestión de comprensión y necesitaba determinar con certeza el inevitable destino –fracasado o no- de su existencia. Intuía que sus fuerzas no lo abandonarían y después de cinco años continuaría de pie sobre los húmedos y fríos suelos de “Tirol”. Sufriría su encierro, se hastiaría del trabajo físico, se extraviaría en los gruesos muros de su celda y desde allí indagaría sobre el misterio de su existencia. Hallaría la distribución precisa de sus órganos, separaría los sensibles, los parasitarios, los hambrientos y los pensantes: Los artificiosos de los funcionales, los reproductores de los eróticos, los esenciales e internos de los expresivos; en un rincón pondría los del asco, los húmedos, los seminales y los anales y, en el otro, los del corazón, los blancos y los lagrimales. Rellenaría algunos orificios, fundiría parte del esqueleto y establecería por experimento, combinaciones entre las partes de su cuerpo. Combinaría y suprimiría y diseñaría un campo estratégico de potencias y de sentido de la vida que le permitiría descubrir, tras las rejas de Tirol, para qué arribó al mundo.
Y Franz K. el calumniado cumplió ante la ley. Pasó sus cinco años en el pueblo de los ratones, entre muros y extraños salones largos adornados con máquinas sofisticadas de uso desconocido pero siempre en las tardes se escuchaba a Blumfel, el administrador, ponerlas en movimiento con un sonido intenso que no permitía escuchar las voces humanas.
Pero Franz K. cumplió ante la ley. Fue un preso ejemplar, sus maneras, sus silencios no le eran exigencias. El carcelero o guardián, en su informe dominical a la academia del buen comportamiento judicial lo declaró el mejor.
Ahora Franz estaba cansado, hastiado más bien de cinco años de costumbres carcelarias. Apretaba sus delgados dedos en los barrotes de su celda, mostrando en su rostro sus gestos de desespero, como si quisiera gritar basta, basta ya! Hasta reventar sus venas. ¿Tendría salida? Regresaría a su casa? De que valía creer que si? Sabía tan solo que por capricho de algún centinela podría continuar allí clavado sobre ese castillo de buitres….castillo de buitres…castillo de buitres repetía K……..castillo de buitres.. la noche caía y Franz dejó caer su cuerpo sobre el duro echo de su jaula….castillo de buitres proseguía K. ahora con tono más bajo. Realmente se arrulla, se decía su amigo Max Samsa, vecino de jaula para decirlo de otro modo. No le parecía que alguien dijera en tan delicado y suave tono “Castillo de buitres” muy ajeno a la naturaleza misma de esa expresión. Samsa lo escuchaba con una sonrisa cínica en sus labios. Samsa, deliraba con frecuencia y se imaginaba a su vecino a distantes millas, atascado en el interior de un estrecho hoyo, balbuciente, elevando suplicante los brazos al cielo y extinguiéndose sin justificación alguna, frente a un débil rayo de luz.
Samsa, el vecino, estaba en Tirol, reducido a cadena perpetua por desobediencia a sus superiores. Samsa noche tras noche, como un ave fénix, acudía donde Franz a narrarle los pormenores de su proceso. K. quien se viera obligado a consolarlo, le sugería algunas fáciles observaciones, las que seguramente dejaban a Samsa intacto en su interior, pues regresaba a la siguiente noche a contarle la misma historia y un día más, buscándole alguna explicación a su destino.
El agrimensor Max Samsa, el 13 de julio de 1883 fue enviado de excursión a las montañas por motivos estrictamente laborales. Con el paso de los años, sus superiores de la oficina central de agrimensores encargaron da una misión para que indagará sobre los avances del proyecto. La misión que llamó a su investigación: El desenmascaramiento de un embaucador, encontró a Samsa en una cima, golpeando inútilmente a la puerta de Josefina la cantora, la ninfa que protegía a los montañeses según la mitología del pueblo. Samsa había olvidado su profesión y las responsabilidades adquiridas con su oficina y las horas las gastaba recogiendo palabras que le explicaran las dificultades para escuchar el silencio de las sirenas; Samsa, días antes había subutilizado los instrumentos de trabajo, calculando las dimensiones de los ojos de todos los insectos que frecuentaban la zona y los ayudantes de Samsa se encontraban escarbando, varios metros bajo tierra, pues según carta que dejara un viejo moribundo, en aquel sitio se escondía un topo gigante el cual retenía en su corazón, injustamente, un símbolo, que divulgaría el misterio que llevan en sus ojos todas las mujeres.
Pobre hombre, se decía Kafka –cuando Samsa lo interceptaba con sus aventuras- aún conserva la esperanza de regresar algún día a sus especulaciones. Es un sueño inocente, un temor a reconocer su verdadera suerte.
La noche pasaba lenta y tranquila como todas las noches, mientras K. envolvía su cabeza con la almohada y profundizaba sus sueños. De los patios de Tirol, brotaba el hedor de un millón de cuerpos que no regresarían a sus duras jornadas laborales. Las horas pasaban mientras el tren de media noche descargaba otro montón de hombres inocentes, pero con la culpa de algún veredicto. Y la noche pasaba lenta y tranquila como todas las noches.
Y el amanecer llegaba como todos los días, sin el canto de un pájaro, sin un celo azul que lo anunciara. Solo el golpe furioso de los guardianes marchando y arrastrando tras de sí una multitud de hombres presos, anunciaba que este era un día como todos los días. Pero, ¿era un sueño? No, no, Franz no soñaba, continuaba estirado sobre su echo de preso, como todo un rey, las largas piernas del oficial Erst Weiss siguieron de largo por lejos de la celda, sin concederle a K. ninguna importancia. – el gordo le decían- Samsa siempre quiso sentar su trasero sobre su cara y a de sus once hijos-. Erst, los presos y sus cantos se alejaban de los muros de la prisión. Los prisionesros –artistas del hambre- se arrastraban encadenados y semidesnudos como niños, camino al campo, para reiniciar la infinita labor de construir una muralla que esa misma noche debían derribar.
K. se alegraba pero a su alegría la deformaba una duda. Habría un malentendido? Que haría? Debía de reportar el descuido del oficial Weiss a sus superiores y evitarse una condena adicional? bien podría aprovechar las horas y continuar en su lecho, abandonándose a su infancia, deleitándose con los recuerdos del cazador Grachuss, poseídon y Prometeo, o quizás releyendo las viejas cartas que su padre le enviara con frecuencia. Mientras el calumniado José K. giraba su cabeza de un lado a otro, tratando de darle una postura favorable para alargar su descanso, cruzó la vista con la mesa redonda de la sala de su celda y dos copias de un bando con los sellos inconfundibles de Tirol detuvieron el ir y venir de su cabeza. Sin titubeos se arrojó a la mesa: eran dos resoluciones. Una del director general de prisiones, el Doctor G. Titorelli, dando de alta a K. la otra del médico rural, - a quien jamás conoció- diagnosticando técnicamente su estado de salud y asegurando la entrega de un cuerpo sano a la sociedad. Franz K. el calumniado tenia salida, pero ¿era libre?
Se hacía las preguntas cotidianas, las del sentido común, quien lo esperaría? Algún cartel de bienvenida colocado en el parque central de la ciudad? Alguna mujer? No, Franz se sabía un hombre sin importancia para estos menesteres. Se sentía, antes más bien, penosamente amenazado por los júbilos más comunes de su ciudad, además –y esto si le molestaba- carecía de los encantos más elementales, lo cual lo mitigaba diciéndose, jamás tendré las preocupaciones de un jefe de familia.
Seguiría adelante con los ojos cerrados y llenos de esperanza, como en otros tiempos? Recorrería de nuevo los andenes y postes de la calle L.? Frecuentaría de nuevo su tinto y sus cigarros en el café Arco? Contemplaría distraído por su ventana, el lento paso de los transeúntes?. Franz Kafka era libre, pero podría vivir?
Franz sintió ganas de golpear su cabeza contra las rejas de su celda Franz quería arrancarse las entrañas, tirarlas y pisotearlas y era como si lo hubiera hecho y las hubiera digerido pues sentía asco, mucho asco de todo. Pero entonces un espeso humo brotó y brotó de los muros de su celda y Franz se estremeció. Comenzaba a entender que no había traicionado el propósito que lo llevó a prisión.
Humo, humo espeso y de la humareda música y el cuerpo de Franz se multiplicaba, sus miembros se separaban, cada uno un sentido, cada uno un acto. Su cabeza giraba como un trompo y se levantaba de sus hombros y observando al tiempo con horros sus huesos derretidos en el suelo. Humo y música. Su masa corporal despego hacía el cielo –quedando suspendida en una nota musical pérdida. Y cada vez más música que humo, fusas y corcheas brincaban en su celda y la masa de su cuerpo se escurría por el suelo y de esa masa y de esos huesos surgió de nuevo Franz Kafka, alucinado en conexiones extraterrestres.
Franz qué harás?
Franz qué harás?Franz qué harás?
Cantaban presos y guardianes………………………………………..
Baila, baila de prisa con tus piernas,
Baila con tu cara, con tus brazos, abre tu fragante cuerpo
Y deja que broten, que broten, extraños sentimientos.
¿Qué hará Franz?
Recogería todas, todas las páginas escritas en la corta historia del hombre y las que están por escribir y las introduciría en una bolsa infinita. Adicionaría todas las palabras del animal-hombre, en todos los tonos, en todas las lenguas-países, las del hombre profundo, las del niño cuando nace, las del cura las dela organización control y burocracia, los cantos de las vírgenes, los profetas, los poetas, las recetas de los médicos, profesionales, técnica y mierda, los gestos de risa, de tedio, de etcétera. No olvidaría las imágenes del cine-movil, la foto estática y los tonos musicales. Incluso un tis del dispositivo ortográfico, admiraciones, tildes, coma y punto.
Los signos palabras del guerrero, del bohemio, los rumberos, la meretriz y os viejos. El sonido del viento y el mar y la lluvia y el feroz urbanismo.
Una vez atrapado todo el ancho mundo palabra en la bolsa infinita, la sellaría y ataría con la soga-suicidio, la levantaría y agitaría sobre su cabeza al tiempo que dejaría salir de sus labios una estruendosa carcajada, la revolotearía hasta caer de cansancio, se recuperaría y junto a una pequeña mesa, noche tras noche capturaría de la estirante bolsa infinita, figuras literarias y las trazaría sobre una hoja del papel más fino y la última frase de cada página se conectaría con la primera de las otras y así hasta completar todos los años de su existencia. Y entonces, en la última noche, trocaría la continuidad de sus días literarios lanzándolas a los aires y las recogería 1..luego 2, 4, 8,16, 32 en progresión lúdica, pegaría una tras otra, las enumeraría y obtendría el gran plagio de la vida, el último libro, el libro de los libros, un libro sin comienzo ni fin…un libro redondo como es el mundo.
Y él, el último hombre, antes de cerrar los ojos, murmuraría un nombre perfecto para una obra perfecta. La llamaría:
AMERICA, la Novela de Franz Kafka.



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